Harto, muy harto.

Harto de muertes. Harto de tanto odio en las redes. Harto de tanta pasividad de las administraciones. Harto de la (in) justicia. Harto de tanto culpabilizar a las víctimas. Harto de incomprensión, falta de empatia y de desprecio a la vida ajena.

Hoy, en Oliva (Valencia), una conductora, borracha, atropella y mata a tres ciclistas. Indignación en los medios, en los grupos sociales de practicantes o amantes del ciclismo. Tres personas cuyo único delito era ir en bicicleta por una carretera. Quedan unas vidas truncadas injustamente, unas familias destrozadas y unos amigos y compañeros traumatizados de por vida.

Y después está ella. Una joven de 28 años que triplicaba la tasa máxima de alcohol en sangre. Su futuro es fácilmente previsible. Como mucho, hoy dormirá detenida y mañana el juez la pondrá en libertad con cargos. Si tiene un mínimo de entrañas, vivirá toda su vida con ese peso en la conciencia, pero esto solo es de suponer. Porque la ley no castiga el homicidio imprudente. Legalmente, dos años de prisión​, que casi nunca se cumplen, retirada de permiso de conducir y una indemnización que nunca pagará porque ya se cuidará de trabajar en negro (en esto, este país si que esta muy avanzado) o con salario oficial bajo, para no tener que abonar una cantidad que nunca será lo suficiente en relación al daño causado. Así está la justicia y no parece que la cosa vaya a cambiar, por mucho que TODOS los grupos políticos apoyaran a Anna García López en su lucha #porunaleyjusta, donde más de 200.000 firmantes reclamabamos una modificación que endureciera las penas a los culpables y, sobre todo, amparara a las víctimas de accidentes de tráfico.
Y después viene la otra pata de la mesa. Es la menos importante, pero la más significativa sobre la sociedad en la que vivimos. Basta darse una vuelta por las redes para leer los habituales comentarios de “claro, van por la carretera y se la juegan” “las bicicletas al monte” (ahora, que se está poniendo de moda poner trampas para las btt), “claro, se saltan los semáforos” “que paguen impuesto de circulación” (como si existiera tal impuesto y no el de vehiculos a motor) “cogéis la carretera solo para joder al prójimo” (esto me lo han llegado a decir a mi) y demás lindezas que son demasiado habituales como para creer en “casos aislados​”. Es esa sociedad enferma que adora al dios motor, a la que es capaz de culpabilizar a la víctimas aún estando sus cuerpos calientes. Está sociedad, que creiamos que había dejado de culpar de las violaciones a las mujeres por ir provocando, a las víctimas de violencia doméstica por no elegir bien con quién se juntan y en definitiva, al inocente que comete el error de ponerse a tiro del delincuente. Esa sociedad sale a flote cada fin de semana tras el asesinato de gente que solo hace una actividad que a algunos les causa una perdida de segundos preciosos en sus vidas.
¿Autocritica? Muchísima. También estoy harto de estar con mi bici parado en un semáforo y que te pasen un grupo de ciclistas y que te miren como si tu fueras el bicho raro, cuando ante coches parados en un semáforo prefiero no adelantar a los coches que acaban de adelantarme para que no lo deban de volver a hacer aunque sea incomprendido por algunos compañeros. Muy harto de tanto incivismo en dos ruedas. Pero ante esto ¿que cabe? ¿arrollar a los ciclistas por incivicos? ¿prohibirnos ir por las carreteras porque los coches tienen más derecho? ¿ponernos una matricula? (está última ya es el colmo del papanatismo). Las soluciones que se proponen siempre son las de prohibir y culpabilizar a un colectivo. Quizá pensar en el respeto mutuo sea una utopía. Llamadme ingenuo, pero…
Y como siempre que hablo de, por y para cierto colectivo, me gusta acabar con aquella famosa frase de una mítica serie de los ochenta: “Tened cuidado ahí fuera”.

Aquí empieza esto

Este es mi estreno en el blog. Y para empezar, un apunte de un hecho que ha marcado un antes y un después. Hace poco más de un año desde que me encontraron el bicho. Un tiempo donde he vivido sorpresa, miedo, ira, confusión, fustracion, angustia, rabia, dolor, pesimismo, tristeza, esperanza, optimismo, debilidad, fuerza, alegría. Un tobogán de sensaciones. El bicho me ha dejado cicatrices, no físicas, pero sobre todo, he redescubierto amigos, he conocido nuevos, y me ha enseñado a relativizar las cosas. Todo toma otra dimensión, y las cosas pequeñas se convierten en la razón por la que vale la pena luchar. Se aprende a valorar tomar un café con un amigo, a darte cuenta que no estás solo, una buena charla en una buena mesa, a ese paseo con tu pareja en esa ciudad que es la tuya desde que naciste, a que esa persona que va creciendo, se convierte en un proyecto de un buen ser humano, a pedalear contigo mismo y tus pensamientos, devorando kilómetros (¿que os pensabais, que no lo iba a mencionar? ) descubrir que cuanto más sabes, más te falta por saber. En fin, una experiencia que enriquece el espíritu. No le guardo rencor al bicho, porque creo que me ha hecho mejor. Se que hay cosas que me quedan por mejorar, pero esto me ha enseñado que nunca hay que dejar de intentar ser mejor, mejor persona. En ello me hallo. Si tengo éxito o no, no seré yo el que lo juzgue, pero prometo seguir intentándolo. Ahora a seguir viviendo e intentando amontonar buenos momentos.

El bicho siempre estará amezante, pero prometo darle mazazo si se le ocurre asomar de nuevo. Os quiero seguir dando la paliza mucho tiempo. Ahora, en esta plataforma espero contaros como es ese nuevo discurrir. Ya sabéis, aquí habrá un poco de todas esas cosas que me inquietan, que espero que sean las vuestras también.